23 sep. 2009

Ella no cede más

Esta mañana ha abierto los ojos y los ha sentido más secos que nunca. Es decir, su inagotable fuente de lágrimas saladas, al fin cedió al fin.

Entonces se sienta sobre el colchón. Se destapa y bosteza casi con emoción; acaricia la cama, su lado y el lado de él -o el que fuera de él-. Sonríe, pero esta vez no es forzado, siente que por más que quiera, las lágrimas la han abandonado y no nacerán más.

Se echa de nuevo, estira sus articuladas articulaciones; sus huesitos suenan y la llenan de sabiduría ancestral. Se huele el hombro derecho, huele a planta, es que le gustan las plantas.

Se levanta al fin y se mira desde el cuello para abajo, el pijama le estorba y se lo quita, entonces queda desnuda. Mira los tatuajes repartidos por toda su anatomía, cándidos, relajados, ellos saben pero no saben y -honestamente-, ella prefiere que por ahora callen.

Entra al baño, enciende la ducha y guarda las navajas que hubiera comprado; las envuelve en una toalla, las guarda debajo del lavabo, el vapor inunda el cuarto y sus años.

Tibia el agua recorre su hemisferio derecho, hasta que decide hacer partícipe también al izquierdo. Su pelo se entrega al placer del agua tibia, no cierra los ojos, pero no siente molestia alguna por el agua invasora en los mismos. Su cuero cabelludo finalmente cede, con un leve suspiro cierra los ojos, vuelve a abrirlos y comienza a tocarse entera, el agua la envuelve.

Abandona la ducha, dejando vestigios de olor a vainilla y aceite de almendras, toma una bata, se envuelve en la misma y con una pequeña toalla azul, -que a él perteneciera-, seca todo el pelaje que cuelga de su inteligencia.

Entre náyades de vapor, ve su cara de hembra; veintinueve años han dejado pequeñas esferas que mil veces ha detestado, mas hoy las venera. Su boca delgada ya no besa ni es besada, un escalofrío suave la recorre entera. No piensa.

Se agacha y saca la toalla que envuelve las navajas, decide botarlas sin posibilidad de volver a verlas.

Sale del baño, mira su habitación tan vacía, tan sin él, -amenaza de lágrimas una vez más, pero no lo hace, no cede a llorar-.

Se viste ligera, un vestido y una tanga rosada -su color-, se empapa en aromas entre vainilla y clavo de olor; apenas se peina, quiere el pelo desordenado; calza sus abarcas que un amigo le habría regalado, carga la bolsa de playa con una manta, un libro, una revista, bloqueador y sus enormes gafas de sol.

Sale con y sin rumbo, se distrae con el ritmo de los isleños, el color de las mulatas, la música del restaurante mexicano y con todas las parabas que vuelan tan bajo, que prácticamente la invitan a volar junto con ellas, mas no cede, ese día le pertenece. Ese día es ella y de ella, ese día decide darse cuenta de que la vida es bella, de que ella es ella, y de que la isla no sería igual si no fuera por ella.

15 sep. 2009

¿Perdón?

Si tuviera que pedir perdón, tendría que comenzar por pedir disculpas por haber sido parte de esa eyaculación.

Por haberme dejado tildar de imbécil y de mártir encadenada entonando una canción en el comedor, como si fuese gracioso hacer ejercicios de matemáticas sin fundamentación.

Como cuando pretendía hablar inglés en un pseudodialecto creado en mi imaginación, para poder llegar a tener un poder de hegemonización.

O las veces que recogía vestigios de vida en las esquinas y los instalaba en mi espina, hacíendolos parte de mi habitación, incluso de mi respiración.

Las palabras vertidas sobre tu cabeza blanca o sobre la tuya negra, ying yang de emociones, perfecta imperfección.

O cuando pretendía ser la mejor compañera/cómplice existente, pero me importaba más mi lírica entonación, en las noches de bochorno y letargo con un poco de acción.

Noches que a veces inundaba con un llanto silencioso las almohadas partícipes de mi ambición, sin considerar para nada situación.

Días y noches de hierbas alucinógenas que me llevaban a otra dimensión, pretendiendo no estar presente y así no mostrar ninguna emoción.

Viajes truncados por vuelos parados, ingenua adolescente que pretendía que afuera todo era decente, para darse cuenta -después- que lo decente, en realidad, es un estado de ánimo.

Laberintos de materias y clases inconclusas, negaciones políglotas; no, mana, nein, non, no siempre, -siempre- con la misma connotación negativa, el inefable: NO. No (puedo). No (puedes).

Muertes casi exitosas, abortadas a la mitad por conciencias limpias que me vienen a charlar.

Lágrimas de cocodrilo a mi al rededor, sentimientos encontrados llenos de rencor.

Besos recíprocos de mil amantes con la mera afirmación de "ésta vez es distinto, ésta vez no soy yo"..., seguido por frustraciones ancestrales y de mayor ovación.

Cogotes mordidos y ojos cansados de ver mordidas, dedos imbéciles que no se callan, lengua con sed, garganta hueca, el agua se sale y todo comienza.
Pies cansados, muy cansados, es inminente el momento ha llegado.

¿Cansados de qué? Oigo la voz de lo último lindo que he esuchado, de lo último lindo que he leído y además reproducido: "eres una guapetura de 100 pies de altura, pecas de amor, cabello incandescente y rostro angelical...," ¿lo soy? No, más bien pretendo serlo.


*Cita de: Miriana Buss

14 sep. 2009

Querido Wolfango: (cinco)

Solamente escribo porque necesito desahogarme Wolfango. No has respondido la otra carta, tampoco lo esperaba, pero hey, al final de a poco voy perdiendo la fe en ti y en tu tratamiento "a largo plazo".

Te cuento que le hice caso a Freud y a Lacan. Entonces fuí donde uno de sus representantes bolivianos y no me gustó. Se llama Cosme Fulanito* y pues nada, hablé, parlotée, casi lloré pero como que no me sentí del todo cómoda -a pesar del diván del siglo XIX- y luego zaz cholita! La transacción monetaria inefable, salí deprimida y con la cabeza llena de avispas africanas.

Luego me puse a hacer todos los asuntos que debía hacer ese día (muchos); como era el cumple de dos de mis mejores amigas, me puse en campaña para llamar a una (vive en Centro América en un barquito) y la otra pues que vive cerca de mi parcela..., dicho y hecho, me concentré en que todo saliera bien. Salió bien. Pero yo no estoy bien.

Esta semana se definen muchas cosas Wolfango, ni siquiera he tanteado terreno contigo porque me da TERROR que me digas que no estoy haciendo lo correcto. Al final no sé si me importa tu opinión (sin ánimo de ofender), pero es que te has olvidado de mí Wolfango, ni siquiera mereces éstas líneas.

En unos días más voy. Voy y veo y siento y me daré cuenta..., no estoy nerviosa (mentira, claro que lo estoy); es que solamente pretendo ser fuerte! Han pasado dieciocho meses Wolfango! Estoy lista??? Creo que no, pero es algo que tengo que hacer antes de que sea demasiado tarde <- qué cliché más verídico.

Hmm, no sé qué me pasa, y no sé ni porqué te escribo; la falta de inspiración ha llegado para quedarse Wolfango y honestamente no sé qué más hacer (no por andar escribiendo huevadas), sino más bien por no saber qué hacer con ese asunto, con ese otro y todo lo demás.

Y el viaje (el otro) allá, allá. No se hará posible nunca, entonces veo todo cada vez más borroso e imposible, pero no puedo evitar sentirme mal, ¿soy la mala? Capaz. Igual es irrelevante en este momento por razones obvias. Su ausencia se me hace cada vez más inmensa, es como si todo lo que dijera lo haría por decir y no por sentir, entonces -una vez más- me encuentro en el mismo espiral de palabras inventadas intentando levatarme y hacer las cosas "bien" pero..., ¿qué está bien?

Es lo seguro o lo inseguro. Lo convencional o lo nuevo. El pasado o el futuro. ¿Dónde me escondo? Ya no entro en ninguna de mis dos perras y el gato me da alergia. Ya no quiero escaparme al sol. No tengo dónde esconderme y no sé si es bueno o malo.

Responde Wolfango, ¿dale?


*Cosme Fulanito nombre ficticio de mi psicoanalista por razones obvias.

11 sep. 2009

Gatos chinos apoyan a Evo


Ante la (a)b(s)urda perorata acerca de las (maléficas) relaciones Evo-Sectas Satánicas proclamada por tinterillos de pacotilla, liberales esperpénticos, frailes ultramontanos, demócratas a lo Banzer, señoras de apellido largo, y una que otra alimaña asomada en pantalla televisiva; mostramos la evidencia de que la verdadera conexión gubernamental en Bolivia es con los chinos. Más exactamente, con los gatos chinos. Como todo lo de allá, prestos a ser masiva legión, con la pata derecha en el pecho y la pata izquierda empuñada al cielo, vienen en pronto apoyo del actual gobierno. Entre tanto, se los puede encontrar en tiendas y mercados. He aquí una muestra: (véase foto)








*Sustraído del mensuario boliviano: AtaralaratA -Textos e Ideas - Año 6, Número 25. Cochabamba, agosto de 2009. (las palabras en cursiva son de mi cosecha).

9 sep. 2009

Él trata de captar lo esencial de la mirada de la modelo. Trazos finos, delgados, que casi parecen notas flotando; todo para captar la mirada perdida de su modelo.

No es simplemente captar sus rasgos y plasmarlos en el lienzo como si fuese un retrato de esos que hacía en la Plaza hace años por unos cuantos pesos. Puede que captar la esencia misma de la modelo le cueste toda la credibilidad que se ha ganado y el respeto que ha cosechado.

-Un poco más a la derecha, el mentón directo hacia mí. La boca, aja, ese ángulo está perfecto.

-¿Porqué no me sacas una foto y luego me pintas?, te inspiras en la foto, así no tengo que estar años sentada en la misma posición para que me pintes…, digo, ¿no es más cómodo?

-Shhh, ¡has movido el mentón de nuevo! ¿Cuántas veces tengo que repetírtelo?

Colores raros, mezclas absurdas que dan por creación una suerte de matices inexistentes.

-¿Puedes bajar tus brazos y cruzarlos como hace un rato?

-Pero es que no quiero que se me vean las pechugas.

-Sólo hazlo, por favor.

-Bueno.

Trazos pendientes de curvas maternales en potencia. Pezones lúdicos y afrodisiacos, pero ni ella ni él se inmutan. Es hasta insoportable la complicidad que se profesan; ella bella, segura de sí misma. Él genio, esbozando en el lienzo crema contornos femeninos y salvajes.

-¿Cuándo vamos a terminar?

-No sé, y si sigues hablando, seguramente que nunca.

-¿Se verán después igual de lindos? Mis pechos, digo.

-No sé. Supongo que sí.

-¿Te obsesionan?

-No.

Ha captado el límite tolerado entre lo pulcro, erótico, deseable y permisible, tal vez vaya a ser uno de sus mejores cuadros.

-¿No se notará que es peluca, no?

-No.

Permisos violados y forzados a hacerse legítimos, rebeldía con causa –como subrayaba cada vez que se embriagaba- y momentos espontáneos de pura realidad escondida detrás de una peluca castaña.

-Mi madre me mataría, digo, si es que llega a enterarse…, este cuadro es para ti y para mí, ¿no ve?

-Aja. Silencio.

Hechos clandestinos que solamente ellos dos saben. Furtivas visitas al médico, depresiones esporádicas, justificaciones Divinas sobre el qué y el porqué de las cosas.

Hace un mes más o menos, tuvo una pérdida –gemelar- o eso dijo el médico de consulta rápida y barata. No ha tenido que hacerse ningún tipo de intervención quirúrgica ¡–gracias a quien quiera-! Como diría él. “No es tiempo de un embarazo y menos en su condición” diríase el médico barato.

No han tenido tiempo de asimilar lo ocurrido. Ella sigue pensando en que le queda mucho por vivir y es feliz –a su manera- él solamente trata de plasmar su belleza más pura y más genuina en un lienzo viejo que guardaba en su dormitorio. Lo guardaba para una pintura privativa, por el material del mismo y todo lo demás. Se lo trajeron de Lyon.

-¿Piensas en los bebés?

-Trato de no.

-¿Porqué?

-Porque no.

-Yo pienso, pero igual…, hmm no es que me den pena, sé que están mejor por allá…

-¡Deja de mover los brazos!

-Estas histérico de nuevo.

-¡Sí, claro que sí! A la mierda con esta pintura, ¡¿quieres o no que te pinte?!

-No sé. Me trauma un poco esta cuestión de los pechos.

Se acerca, le toca la nunca y le da un largo beso, traspasándole por la dermis, la lengua y la yema de los dedos, sensaciones de serenidad y sosiego.

-Amor. Deja que termine el cuadro, vas a estar preciosa, lo juro.

-Bueno.

No logra trazar lo demás. Su cintura salió perfecta, los brazos están bien, le inquieta que a ella no le guste cómo quedaron los pechos. Fijó las clavículas exquisitamente bien y la cara con la mirada perdida lo atormenta; no porque no haya plasmado su mirada, sino porque siente que ella está demasiado ausente y necesita de su histeria, de sus insultos, de su inmadurez y de sus besos pornográficos.

Está débil. La radioterapia y la quimioterapia no le dan margen para su histeria, sus insultos, su inmadurez o sus besos pornográficos, mas ella se siente en paz y justificada por todos los dioses.

-José… ¿Nos vamos a casar, verdad?

-Sí.

-¿Cuándo?

-Cuando tú quieras, princesa.

Sonríe desglosando momentos compartidos antes. Como: cuándo se conocieron, cómo se dieron el primer beso, la primera vez que hicieron el amor y ella confesó amarlo con lágrimas. Momentos de sol, tesoros que solamente ella y él podían entender porque les pertenecían.

En diecinueve años José era lo mejor que le había pasado.

-Cuando me operen, ¡me pondré el doble de lo que tengo!

-No inventes, tus pechos son bellos así.

-¡Pero es que quiero usar escotes de barzola! Jaja.

-Shhh, no te muevas.

Han pasado varias horas; la inminente vuelta a la realidad la obliga a vestirse y a prometerle que terminarán el cuadro cuando se sienta mejor. Las náuseas la atacan y quiere descansar y tal vez comer.

Semana tras semana su enfermedad la consume. La radioterapia y la quimioterapia han comenzado a dejarle llagas y hematomas profundísimos en su carne, casi no habla, y se ha convertido en una personita de 43 kilos. José mira el lienzo y con la imagen de su novia llena de vida, traza líneas imaginarias para terminar el trabajo. Es bella, es bella en todo sentido, pero la angustia lo corroe. Se supone que es inminente…, su muerte, la muerte de ambos.

No son como Romeo y Julieta, son como José y Ana. Su historia… Ana muere físicamente, -es inefable-, él muere espiritualmente. El lienzo yace apoyado frente a la cama de él, lo mira y sonríe; no llora y no ha llorado, por ahora es un ente sin principio ni fin.

¿Por qué? –Se pregunta él-.

¿Por qué? Reflexiono yo. Vida hija de puta –me repito-. Yo quisiera ser ella y ella yo.

4 sep. 2009

Y nos dieron las diez

Lo que salga de mis entrañas

Ojos adormecidos, leve hinchazón en el párpado izquierdo -dícese orzuelo-; ¡vete a la mierda!, orzuelo, orzuelo.

Dedos fríos y delgados, el anillo me queda grande, ¿he adelgazado yo o el anillo ha crecido? Me da igual -en serio-.

Dolor de "esa" muela que tarde o temprano deberá ser intervenida; tres o cuatro agujas se insertarán en las raíces y matarán su núcleo: "¡muera raíz, muera corazón, muera centro de equilibrio!" Luego quedará un boquete adefesio, lo rellenará con amalgama sabor a limón y en un par de semanas un jacket más blanco que mis mismas muelas, o probablemente en una suerte de economizar o del mismo terror que me envuelve las entrañas ahorita de tener que volver donde el médico/carnicero pa' que me cambie la nivea amalgama, elijo no más una de acero. A lo mejor parezca -no lo sé-, pero el acero quirúrgico dura 10 veces más que las amalgamas "estéticas" -por así decirlo-.

Mi labio inferior a veces palpita, por esa maldita manía que tengo de mascar y mascar hasta sentir el sabor de mi sangre. Quitarle esas capitas de piel, las primeras..., igual cuando me como las uñas o la piel al rededor de los dedos, simplemente no puedo evitarlo. Ahora mismo me pongo una crema (que huele a canela) en los labios; es una especie de vaselina, sirve; sólo el tiempo suficiente como para que se regenere un poco la piel y vuelva a desgarrarla más tarde.

El pelo rojísimo ya no se me antoja. Hay momentos en que quiero cortarlo yo misma -al mejor estilo de Mulan- y que quede una cosa dispareja. Tal vez teñirlo al color original, pero es que no existe el color elefante.

La nariz. La nariz perdió la batalla. He reducido el número de Kleenex a dos por día (hace unos días utilizaba casi dos paquetes), y lo peor es que no estoy ni estaba resfriada, solamente andaba moqueante. No me gusta.

Mi panza. La miro y me horrorizo; me transporto a ese capítulo de Los Simpsons cuando Homero hacía hablar a su barriga y grotéscamente se mete una rosquilla por el ombligo, ¿se acuerdan? O peor aún, cuando han intentado besarla y me he muerto (luego revivido), en el instante mismo del toqueteo experimental y bochornoso que me provoca tener una panza tan fea. La detesto.

Los muslos, hiper sensibles al tacto y al sol, mi enorme "poto" -ríanse- pero ese pasa, le tengo cariño. Siguen mis pantorrillas, no las discrimino, y los pies... tengo pies de Elfo -debo confesar-, no por peludos pero sí por feos.

No he tocado el tema de mis pechos que me acompleja (ba) la existencia. A los 11 años eran exáctamente como ahora, entonces todavía me cuestiono si Dios se hueveó y se olvidó o si la Madre Naturaleza me entregó los dos limones por tacaña..., bueno, en todo caso a estas alturas de mi vida me vale sorete, -además- las planas podemos ponernos todo y no nos vemos ordinarias: al cuerno tetonas del Diablo, pecaminosas!!!!!!

Cuello y clavícula. Total y completamente sexy, yeah baby! Columna vertebral, deli ja!

Otro asunto es lo que hay dentro físicamente, no "espiritualmente"..., ubican, sangre unos cuatro litros, venas, arterias y nervios..., etiquetados con mechillas multicolores..., cartílagos y huesos fusionados, como haciendo el amor todo el tiempo. Contorsiones sensuales de rótulas cremosas, rodillas dobladas y codos escurridizos! Espina dorsal divina..., médula ósea viscosa -pero sabrosa- <- lo siento, tenía que poner eso. Músculos tensos y relajados (depende la situación). Corazón ascelerado, desacelerado..., muerto. Pulmones con humo y sin humo. Riñones contentos -a veces no tanto- hígado hinchado. Páncreas, vejiga llena de cerveza (?) trompas de Falopio a la derecha, a la izquierda, albergando ovarios caprichosos que una vez al mes me hablan. Ya me dio asco hablar de órganos. No, mentira. Y vuelve a comenzar: "Y nos dieron las diez" (Sabina, contra todas mis predicciones).

Me quiero morir muchas veces. Hoy, no es la excepción.

Camélida apestosa, el pelaje camélido huele muy mal cuando se pudre, así que toca que me desollen antes de que las moscas hagan de mí un divino, aromático y ófrico ecosistema.

¿Quién da más?

1 sep. 2009

He perdido la cabeza


OFICIALMENTE, LO CERTIFICO:

La he perdido, -tal vez- para siempre