Mis desgracias cotidianas... (más desgracias que gracias)
Querido Wolfango: (tres)
¡ERES UN HIJO DE PUTA! ¡Nunca me dijiste que habría este tipo de ataques toda vez que decidiera escribirte! ¡Nunca mencionaste que la tortilla se daría la vuelta! Solamente tenía que ser una niña buena, una niña obediente… ¡¿no lo fui Wolfango?! ¡Te juro que al menos sí tenía la intención! Vamos a obviar esas tres semanas Wolfango, para que no caiga en lo que sabemos… vamos a obviar los sucesos drásticos y trágicos para concentrarnos en mi salud mental, ¿estamos? No me han ayudado (las drogas). No. No me ha ayudado, no. Tampoco. No, no y no. Ella, ella a veces… la última vez que fui sí me ayudó, pero ya sabes, dice todo lo que quiero escuchar… entonces me he sentido sola. ¡No me interrumpas Wolfango! Basta… estoy bastante molesta, no voy a salir con la zalamería de “nadie me entiende”, eso ya lo sabemos hace tiempo. Toca no más que me vaya a la perrera municipal a esperar mi muerte pacífica (o a palazos), pero al fin y al cabo entre los perros y las perras y observar sus orgías perruna...
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